El deporte híbrido existe. El mercado aún no lo ha entendido

La industria del deporte está viviendo una transformación silenciosa pero profunda en los patrones de participación.

Durante años, el análisis del sector se ha construido sobre una división aparentemente sencilla.

Por un lado, el deporte formal, basado en clubes, federaciones y estructuras organizadas. Por otro, el deporte informal, asociado a la práctica espontánea en parques o calles.

Mientras las organizaciones tradicionales buscan fórmulas para retener usuarios, las modalidades más flexibles no paran de ganar protagonismo.

Sin embargo, un reciente estudio publicado por los investigadores Satoshi Miyashita, Justen O’Connor y Ruth Jeanes (2024) plantea una idea provocadora.

Quizá el verdadero problema sea seguir pensando el deporte en términos absolutos de «formal» e «informal».

El mito del deporte informal como práctica desorganizada

La imagen tradicional del deportista «informal» suele asociarse a alguien que practica actividad física sin reglas ni estructura.

La realidad observada por los investigadores es mucho más compleja.

Eventos como parkrun, los grupos de ciclismo independientes o las comunidades de redes sociales muestran cómo estas prácticas incorporan elementos altamente estructurados.

Existen horarios fijados, sistemas de medición del rendimiento, normas compartidas y herramientas digitales de coordinación. Incluso cuentan con liderazgos reconocidos por la propia comunidad.

Al mismo tiempo, estas experiencias mantienen un alto grado de flexibilidad. Los participantes deciden cuándo acudir, cuánto implicarse y qué objetivos perseguir.Por eso, los autores sugieren que estamos ante formas de participación híbridas. Modelos que combinan distintos grados de regulación, organización y autonomía.

La verdadera batalla: legitimidad y acceso a los recursos

Quizá la aportación más relevante del estudio no sea cómo participan las personas, sino cómo se distribuyen los recursos que hacen posible esa práctica.

Los investigadores destacan que los clubes deportivos reconocidos históricamente disfrutan de un acceso privilegiado a instalaciones y financiación.

Mientras tanto, los grupos autoorganizados encuentran grandes dificultades para acceder a espacios o cumplir ciertos requisitos administrativos.

La cuestión de fondo no es únicamente quién practica deporte, sino quién tiene la legitimidad para utilizar los recursos deportivos disponibles.

Este enfoque abre una reflexión muy importante para gestores deportivos y responsables públicos: ¿Siguen respondiendo los modelos actuales de gestión de instalaciones a las nuevas formas de consumo deportivo?

Una oportunidad para reinventar la gestión de espacios deportivos

Aunque el artículo científico no aborda directamente modelos de negocio, sus conclusiones permiten identificar oportunidades comerciales clarísimas.

La creciente demanda de experiencias deportivas flexibles podría acelerar la aparición de nuevas soluciones tecnológicas.

Hablamos de herramientas capaces de conectar las infraestructuras con comunidades de usuarios más dinámicas:

  • Plataformas digitales de reserva bajo demanda.
  • Sistemas de acceso automatizado a las instalaciones.
  • Gestión flexible de aforos en tiempo real.
  • Software analítico para la fidelización de comunidades.

Existe una oportunidad de mercado muy clara para repensar cómo se comercializan los espacios, más allá del modelo tradicional de club.

¿Qué puede aprender la industria deportiva?

Desde una perspectiva empresarial y estratégica, el hallazgo de Miyashita et al. (2025) nos deja tres implicaciones clave:

1. Diseñar servicios más flexibles

Los consumidores demandan experiencias adaptadas a sus horarios. Los modelos de membresía rígidos o los compromisos anuales resultan cada vez menos atractivos.

Los servicios de pago por uso, las competiciones puntuales o las plataformas de conexión entre deportistas independientes ganarán mucha relevancia.

2. Conectar con comunidades, no solo con organizaciones

Muchas de las nuevas prácticas se articulan alrededor de comunidades digitales.

Para marcas y patrocinadores, esto supone la oportunidad de desarrollar relaciones más directas con colectivos que generan un fuerte sentimiento de pertenencia, aunque no estén federados.

3. Evitar la sobreinstitucionalización

La historia reciente de disciplinas como el parkour o el skateboarding demuestra que parte de su atractivo reside en su autonomía cultural.Las organizaciones que quieran impulsar estas prácticas obtendrán mejores resultados si facilitan infraestructuras y visibilidad, sin intentar imponer los modelos de gobernanza tradicionales.

Conclusión

La principal lección del estudio no es que el deporte informal esté sustituyendo al deporte organizado. Es que la frontera entre ambos resulta cada vez más difusa.

Las nuevas formas de participación combinan organización, comunidad, tecnología y flexibilidad en proporciones diferentes.

Entender esta evolución exige abandonar categorías rígidas y prestar más atención a cómo se construyen la legitimidad y las experiencias deportivas.

Para la industria, el reto ya no consiste únicamente en gestionar clubes o instalaciones, consiste en crear ecosistemas capaces de dar respuesta a una realidad donde los participantes demandan más libertad sin renunciar a la calidad de la experiencia.

Referencias científicas

Miyashita, K., O’Connor, J., & Jeanes, R. (2024). Reconceptualising informality in sport participation: Towards understanding the hybrid pathways and spaces of participation. International Review for the Sociology of Sport. https://doi.org/10.1177/10126902241270858

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